Un grupo de estudiantes santiagueras se opusieron a la dictadura con movimientos de protesta y labores de propaganda. Pertenecieron a esta tropa revolucionaria María Teresa Taquechel Manduley, prima de Celia Sánchez; Alba Griñán Núñez, hija del historiador y profesor universitario Leonardo Griñán Peralta y la también pedagoga como las antes citadas, Ana María Alvarado.
La primera de estas muchachas era vecina del Dr. Posada, prestigioso médico del sanatorio de la Colonia Española por quien conoce, de las intenciones del ejército de sacar por la fuerza a uno de los asaltantes heridos. Fue así como puesta de acuerdo con Alba Griñán, se trasladan a la Colonia Española para apoyar a Posada y acompañar al herido.
De las conversaciones con este, surge espontánea la identificación incondicional con los moncadistas. Se trataba de Gustavo Arcos quien informa a las mujeres que en el pabellón de presos del Hospital Civil se encuentra otro participante de los hechos, Abelardo Crespo Arias en situación desesperada, ya que han tratado de asesinarle en el Hospital Militar, inyectándole alcanfor en las venas.
Hacia el Hospital Civil se encaminaban estas mujeres. Incansables bregaban las distancias para consolar a los jóvenes, alternando desde entonces las visitas entre uno y otro centro, estableciendo un cordón de protección y apoyo que se va ampliando a las moritas Cecilia y Rosa Chade, Nilsa Espín, María Teresa Valentino y otras muchachas.
Esa labor la extendieron después a la cárcel de Boniato, a donde se dirigían junto a otras compañeras como Marta Meléndez, Cuca Mont y su hermana, a llevarles mensajes, ropas, alimentos y medicinas, repartiéndose la atención a los detenidos de forma que todos tuvieran quien les visitara y apoyara.
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¿CÓMO ERA FRANK PAÍS?
De mediana estatura, más bien tirando a lo alto, piel blanca, nariz alzada, cejas copiosas pero separadas, labios finos y orejas apartadas en ángulos de sus pabellones.
De carácter de acero y firme en sus decisiones y actitudes, no alzaba la voz.
De fina sensibilidad artística y musical, componía versos, tocaba el piano y el órgano que aprendió para acompañar al coro de la iglesia, y también pintaba, aún más si estaba preocupado.
Exigía la disciplina y a la vez era un ejemplo de ella. Fue fogueando y modelando a los hombres, y probándolos gradualmente. Antes de asignarle una misión a alguien, había valorado la posibilidad de su cumplimiento.
No menoscababa sus creencias religiosas cuando empuñó las armas. Mató e hirió porque asumió por convicción la lucha armada como necesidad frente a la violencia reaccionaria. No podía ver el crimen en silencio ni tolerar los abusos.
Fue intransigente en la defensa de sus principios. No vacilaba en impartir las órdenes de ejecución cuando era clara una traición, ya fuera deserción, delación o apropiación indebida de armas, fondos u otros recursos que tantos sacrificios significaban para la organización revolucionaria.
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El jefe de Acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio sigue siendo un paradigma de inteligencia, integridad y carácter
Cuando Fidel salió de prisión en mayo de 1955, agrupó en el M-26-7, junto con los moncadistas, a muchos revolucionarios de diverso origen. Con ese fin se reunió con varios compañeros de Santiago de Cuba. “Allí le hablé de Frank –dice María Antonia Figueroa, una de las fundadoras del Movimiento en la Ciudad Héroe–, él me encomendó que lo invitara a formar parte del ejecutivo en Oriente.”
“Se fusionan las organizaciones –afirma con respecto a ANR, Asela de los Santos–. Frank se integra al 26 de Julio, entonces se incrementa la lucha, las acciones de sabotaje a la provincia, tratamos de localizar más armas para entrenar a los compañeros, de acrecentar la propaganda contra la tiranía; finalmente, crear el clima de preparación para la lucha armada.”
Su primer encuentro con Fidel fue en México, a principios de agosto de 1956. El máximo líder del M-26-7 no puede ocultar su admiración por el joven santiaguero: “He podido comprobar –escribió a María Antonia Figueroa–, todo cuanto me habían dicho sobre las magníficas cualidades de organizador, el valor y la capacidad de Frank. Nos hemos entendido muy bien”. Al regresar del país azteca, investido como delegado nacional del Movimiento y su jefe de Acción, este trajo planes concretos para lo que se avecinaba: la selección de algunos compañeros para adiestrarse en esa nación y luego incorporarse a la expedición proyectada; y la organización de todas las provincias con vistas a hacer acciones en apoyo al desembarco.
En el juicio cuando saliera absuelto, junto con los combatientes William Gálvez, Jesús Montané y Jorge Serguera
El 27 de noviembre de 1956 se recibe la confirmación de la partida de los expedicionarios del Granma hacia Cuba. “El día 29 trabajamos frenéticamente en la preparación de las casas –expresó luego el propio Frank en un informe al M-26-7– y la repartición de las armas y los uniformes. Por la noche nos acuartelamos.” La hora de inicio del levantamiento era las siete de la mañana (del 30 de noviembre). “El cuartel general lo instalamos en un lugar adecuado –proseguía Frank–, rodeamos una casa y pedimos hablar con el dueño. ‘Necesitamos esta casa para la Revolución. Sentimos molestarlo pero queremos su permiso y que se retire con su familia. Llévese todas las yas y el dinero’.”
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