En febrero de 1957 Faustino Pérez, quien llegó a Cuba en el Granma y viajó a La Habana con tres misiones asignadas por Fidel, cumplió la tercera de forma tan brillante que tuvo amplia resonancia internacional
Son los días postreros de enero de 1956 y el fino cierzo invernal hace tiritar de frío al hombre delgado de ojos claros, fino bigote y espejuelos de gruesa armadura que aguarda en un lugar convenido a Miguel Ángel Quevedo, director de la prestigiosa revista Bohemia. Es Faustino Pérez Hernández, expedicionario del yate Granma y uno de los revolucionarios más buscados por los cuerpos represivos de la tiranía.
Faustino, quien ha llegado a La Habana a fines de diciembre en unión de Frank País, otro artífice de la lucha clandestina, ha cumplido con rapidez vertiginosa las dos misiones iniciales de las tres que le encomendó Fidel a raíz del reencuentro afortunado de los sobrevivientes del desastre de Alegría de Pío en la finca Cinco Palmas; a saber: reorganizar la dirección del Movimiento 26 de Julio en la capital -muy golpeada por el régimen- y crear una red de apoyo a los combatientes de la Sierra Maestra.
Ahora se trata de llevar a un periodista a la Sierra para que informe a los cubanos que Fidel está vivo y que lucha al frente de sus hombres a fin de desmentir los infundios de la dictadura, propalados a partir de la debacle inicial de los expedicionarios y la noticia divulgada por Francis L. McCarthy, corresponsal en Cuba de la agencia norteamericana Associated Press (AP), de que el líder insurrecto estaba muerto.