Por Anaisis Hidalgo y Gislania Tamayo
Fuente La Demajagua 24 de julio de 2008
El asalto al cuartel Moncada, de Santiago de Cuba y el Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo, el 26 de julio de 1953 sacudió a ambas ciudades.
Al estupor desatado en los inicios de la avalancha combativa, le sucedió una oleada de represiones y venganzas contra los integrantes del movimiento que fueron apresados.
Como perros sedientos de venganza los guardias de Batista hurgaban por las calles. Abrían desenfrenadamente las puertas de los hogares, otras las echaban abajo. Gritos, reclamos, atropellos, fueron pasados por alto por muchas mujeres, que supieron sobreponer el temor y el dolor a la rabia de los militares.
Centenares de hogares se convirtieron en mantos protectores de aquellos hijos de la Patria para ponerlos a salvo de la saña vengativa que le siguió al ataque en lo que otras curaban y alimentaban a los heridos del asalto en los hospitales de la ciudad.
La solidaridad inicial en esas horas difíciles y amargas, también acompañó a los combatientes en desgracia durante el desarrollo del juicio en el Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba, y durante la reclusión de los participantes en la prisión de Puerto Boniato hasta que después fueran remitidos al reclusorio nacional de Isla de Pinos.
Un grupo de estudiantes santiagueras se opusieron a la dictadura con movimientos de protesta y labores de propaganda. Pertenecieron a esta tropa revolucionaria María Teresa Taquechel Manduley, prima de Celia Sánchez; Alba Griñán Núñez, hija del historiador y profesor universitario Leonardo Griñán Peralta y la también pedagoga como las antes citadas, Ana María Alvarado.
La primera de estas muchachas era vecina del Dr. Posada, prestigioso médico del sanatorio de la Colonia Española por quien conoce, de las intenciones del ejército de sacar por la fuerza a uno de los asaltantes heridos. Fue así como puesta de acuerdo con Alba Griñán, se trasladan a la Colonia Española para apoyar a Posada y acompañar al herido.
De las conversaciones con este, surge espontánea la identificación incondicional con los moncadistas. Se trataba de Gustavo Arcos quien informa a las mujeres que en el pabellón de presos del Hospital Civil se encuentra otro participante de los hechos, Abelardo Crespo Arias en situación desesperada, ya que han tratado de asesinarle en el Hospital Militar, inyectándole alcanfor en las venas.
Hacia el Hospital Civil se encaminaban estas mujeres. Incansables bregaban las distancias para consolar a los jóvenes, alternando desde entonces las visitas entre uno y otro centro, estableciendo un cordón de protección y apoyo que se va ampliando a las moritas Cecilia y Rosa Chade, Nilsa Espín, María Teresa Valentino y otras muchachas.
Esa labor la extendieron después a la cárcel de Boniato, a donde se dirigían junto a otras compañeras como Marta Meléndez, Cuca Mont y su hermana, a llevarles mensajes, ropas, alimentos y medicinas, repartiéndose la atención a los detenidos de forma que todos tuvieran quien les visitara y apoyara.
Una vez dictado el fallo condenatorio y llevados los prisioneros a Isla de Pinos, las visitas del grupo de santiagueras se vieron entorpecidas por la distancia, debiendo encontrar nuevas vías para la expresión de su apoyo.
Los paquetes que se preparaban para los viajes a Boniato en la casa de Cuca Mont en la calle Calvario, devenida punto de recepción de alimentos y medicinas comienzan a remitirse al Reclusorio Nacional; mas ahora van acompañadas de cartas individualizadas a los distintos presos en sustitución del contacto personal.
No busquemos en ellas, sin embargo, manifestaciones políticas ni referencias a lo que ya por entonces constituía clamor nacional: la lucha por su excarcelación, mediante la exigencia al gobierno de Batista de la amnistía.
Notas tomadas de Internet